Martes 8/3

Suena y resuena la alarma. Me quedo en la vigilia un momento; entre dormida y despierta. Tardamos mucho en levantarnos. Pasan cuarenta minutos como si fueran segundos. La alarma suena otra vez y esta vez tiene que ser la última. Ella se estira y yo le pregunto cuánto tiempo tenemos. ¿10 minutos? “Y no más.” Me preparo para el día. Maquillaje, desodorante, cepillo, delantal. No encuentro la curita que mi pie necesita. Vamos. Bajamos en el ascensor. Ella abre la puerta con llave, más rápido que lo normal. Tenemos prisa. Unas cuadras y pasamos el mercado. Busco una palabra en español, la encuentro y ella me pregunta cómo decirlo en inglés. Seguimos por la casa del gobierno. Tomo su mano y atravesamos la plaza. Andamos juntos hasta ya estamos en la vieja y gloriosa Escuela Normal de Lenguas Vivas dónde, de algún milagro, hemos llegado a tiempo. Beso en la mejilla, porque esto es Argentina, y partimos. Ella está en Naturales y yo en Sociales.

Un día escolar regular. Economía, cultura, psicología. Por lo menos, aprendo algunas palabras nuevas. El trueque, empingado, canjear. Bromeo con mi amigo Gonzalo porque pasa el rato. Reúno con mi hermana y sus amigas entre algunas clases, y entre otros charlo con mis compañeros nuevos. Hoy es mi tercer día de escuela, como estaba re enferma la semana pasada. Tos, calambres, panza descompuesta, fiebre. Estoy agradecida porque el martes apenas me evité la vergüenza de vomitar frente al sexto quinta, mis compañeros. Hoy me siento mucho mejor. Después de la campanita, encuentro mi hermana en el pasillo. Salimos después de mil despedidas o lo que me parece ser mil besitos, porque soy re mil impaciente. Caminamos a una casa de fotografía. Pedimos que impriman 50 fotos de mis amigos y mi familia y mi provincia nueva. Sale casi quinientos pesos, todo lo que tengo. Ando quebrada después, rumbo al banco. Sólo me permite sacar mil de mi tarjeta. Esta plata no basta. Mala suerte. Tenemos mucho hambre. ¿Panchuque? “Sí, panchuque. Chau a 30 más de mis preciosos pesos. Vale la pena. La cara de ella lleve mucha satisfacción y seguramente la mía también. A la casa.

Quitamos los grandotes y malvaviscosos delantales. Nos acostamos. Tomamos una siestita. Cenamos con mi padre. Es el día de la mujer y él nos ha hecho fideos con salsa, pollo, y queso. Disfruto la cena, aunque es más silencioso que normal porque todos tienen sueño. Marilina regresa a la cama. Yo quito la mesa. Papá lava los platos. Le doy las gracias. Un abrazo. Él y yo charlamos sobre mi familia en Filadelfia: mis padres, mi hermanito, la familia de mi novio. Barro el piso. Él seca los platos. Conversamos más. Alegría. Vuelvo al cuarto. Me acuesto. Tres horas después, ella me despierta. Yo le murmuro algo en inglés. No tiene sentido, pero Marilina me entiende. Mi madre no, desafortunadamente. Cuando salgo de la habitación en busca de mi hermano mayor, ella me confronta con una pena. “Tengo una duda,” me dice. Pues, han pasado un par de malentendidos esta semana, y ella menciona uno. Yo explico mi punto de vista. Mamá me dice como ella había visto la situación. Nunca cruzó mi mente que ella la podría interpretar así. “No lo tomes mal,” quiero decir. Me quedo callada. Ella habla de cómo reaccioné yo después de una acción suya. “No había entendido lo que Ud me dijo…” le digo. Empiezo a explicar mi comportamiento, explicar cómo llegué a unas conclusiones equivocadas. “No te dejé el lugar para tener una conclusión equivocada,” me dice. “Siempre me expreso claramente. Vos entendés el castellano. No es posible, no puede ser que lo interpretaste incorrectamente.” Otro intento mío. Trato a decirle cómo pasó que no entendí bien lo que ella quería. Ella me interrumpe. Le permito. Le escucho. Niego lo que dice a veces porque ella no entiende qué ocurrió, ni cómo soy. Es inútil. Mis esfuerzos no funcionan. Sigue hasta ella está por llorar y a mí me siento super infeliz. Finalmente ella menciona su dolor de cadera y que sólo quería descansar en paz mientras toda la conversación. Me rindo. Cierro la puerta y me siento en el piso en la parte angosta del pasillo. Coloco mis auriculares en mis oídos y aumento el volumen para silenciar todo. Mi padre entra el cuarto donde Mamá está acostada.  Unos minutos después, oigo una discusión en voz alta. Gritos de una madre enfadada. Regreso a la habitación mía. No vacilo en la decisión. Quiero evitar una tercera guerra mundial. Haremos las pases, nos arreglaremos, y todo estará bien, pero no hoy.

Mi hermana está buscando información sobre estudios en el extranjero. De adulto, la Marilina quiere guiar viajeros en sitios lejos. Quiere volver a conocer el mundo cuando crezca. Pero primero quiere ir a Australia, Inglaterra o los EEUU por un año entero. Le encanta el inglés, nuestra música, nuestras películas. Hoy no puede encontrar exactamente lo que necesita. La búsqueda es tan complicada y los programas tienen demasiados defectos. ¿Por qué no asiste una universidad allá? Le pregunto. “¿Es posible?” Le digo cómo se puede. Se alegra mucho. Nombro los beneficios. Me tira una banda de preguntas. Le explico el proceso complejo de aplicar. Tan emocionada está. Le ofrezco mi ayuda con la solicitud. Planeamos su viaje, un verano juntos antes de su ingreso. Me abraza con fuerza. Hablamos animadas. Nos reímos. Cantamos. Poco tiempo después, el padre natal de Marilina llega. Quiere merendar con nosotros. Vamos en la camión. Nos lleva a un cerro, un monte. Aprendo mucho de él en la avenida llena de gente y autos y en la calle vacía y torcida que recorre el monte. Es un hombre educado. Llegamos al cima. La vista es increíble. El restaurante es élite. Los bocadillos de alta calidad. Por encima de todo, aprecio la vista.

Allí está mi ciudad al anochecer, colores brillantes y luces brillando. El sol se esconde al fin. Allí está mi ciudad, centelleando en la oscuridad nueva. Pagamos la cuenta. Vamos afuera para sacar una foto. Está lloviznando, hace fresco y Marilina tiene frío. Me abraza. Ella lleva una remera sin mangas, una musculosa y no basta para combatir el frío. “Esta se llama piel de gallina,” me dice. Escalofríos. Trato a calentarse con mis manos sin éxito. Sacamos las fotos: primera bien abrazadas, segunda disfrutando la vista, tercera haciendo el señal de amor y paz. Bajamos la colina y manejamos a la casa del padre. Tomamos el jugo de frutilla y limón, anoto palabras nuevas que aprendí rumbo allá, cantamos karaoke con la pantalla, el micrófono, el altavoz. ¡Unas canciones que conozco! “Mariposa” de Maná. “Abrázame” de Julio Iglesias. “Como yo nadie te ha amado” de Bon Jovi. Regresamos a nuestra casa. Hoy es un día de anuncios buenos. Recibo un mail nuevo, tengo un correo electrónico para leer. Una universidad super buena de mi país me informa que me han aceptado y que he ganado una beca. Me tranquiliza saber que realmente puedo inscribirme en la facultad cuando regrese a mi país. Trato a dormir. Nunca viene fácilmente, pero hoy no es un reto como lo normal. Descanso.

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