Adios, Filadelfia

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Si hace 5 meses me hubieras preguntado de dónde soy, tal vez te hab​ríam contestado con algo así: “Crecí en Chicago pero ahora vivo en Filadelfia…” Hoy, esa respuesta me parece ser una via bonita de evitar que pensara sobre mi situación. ¿La verdad? Me sentía como ningún lugar fuera mi hogar. No fue que extrañaba a mis amigos chicaganos ni que no me había acostumbrado a la vida en el condado Montgomery, sólo no estaba conectada. Desafortunadamente, después de un año entero en la costa este, todavía me sentía como un huésped en mi propia vida. ¿Pues, qué ha cambiado? Selección múltiple:

  1. Noresteros y madres suburbanas empezaron a saludarme por la calle
  2. De repente, empleados de las tiendas comenzaron a hacer un esfuerzo para ayudarme con lo que necesitaba
  3. LMHS Seniors dejaron de comparar los resultados de los SATs y de alardear los suéteres de universidades prestigiosas que llevan a la secundaria
  4. Ninguna de estas opciónes

La respuesta correcta es D. Aunque pienso que la gente de Philly debe tener una tendencia de ser “Midwest Friendly” [amable como los del Medio Oeste], me doy cuenta de que la cultura no va a cambiar para mi comodidez. Tal vez te estás preguntando si por eso decidí estudiar en el extranjero en América Latina, donde generalmente la gente es más apasionada y relacional. ¿Fue mi ruta de fuga? No puedo negar que me siento alivada al pensamiento que evitaré mucha drama en LMHS mientras que esté en Tucumán. No tendré que encontrar un vestido para prom (el gran baile) que no me hace aparecer un tallo de frijol ni tendré que quedarme quieta durante los discursos largísimos de la graduación. Sin embargo, mis motivaciones tienen que ver con el lugar a que me estoy yendo que el lugar de donde vengo.

Entonces, sabes lo que no ha cambiado en mi vida. ¿Pues, qué ha cambiado realmente? Lo que pasa es que he encontrado a mi gente. Correción: hallé una familia nueva aquí. Como ya sabes, “el hogar es donde está el corazón,” y este hecho significa que tú estás en casa porque tienes un latido todavía, y por eso tú hogar está allá contigo. Ok, no. El año pasado me fue como una experiencia extracorporal. Entra YoungLife. Entra mejores amigos. Entra la clase de literatura. Entra novio. Entra vaguitis. Y no necesariamente en esta orden. En pocas palabras, cuando era la hora de bordar mi vuelo, una mitad de mí quería correr por seguridad aeroportuaria, robar un carro, irónicamente acelerar en la puente sobre la refinería petrolera, y estrenar la película Rápido y Furioso 8 rumbo a la casa con yo como la protagonista.

En realidad, cuando era la hora de bordar mi vuelo, estaba devorando un burrito como un león primitivo. Ya habían pasado 45 minutos en el vuelo cuando empecé a sollozar desacontroladamente a mi gorra negra. Probablemente me veía como un esropajo mojado en una chaqueta de color vino, auriculares colgados, ojos como un mapache por delineador manchado. Una quilombera. Estaba hecho un disastre. Pues, subí el volumen pero no les podía ahogar a los sentimientos. Allá estaba, asiento 18A, espalda al vidrio, pies sobre el asiento vacío al lado de mi, olvidando de respirar, hombros temblando, tratando de no perturbar a los demás, que dormían en paz acerca como si no hubiera nada que preocuparse.

 

Basicamente, estaba destrozada. Había reconocido un patrón infinito: tan pronto como encuentro a unas personas que me importan, tan pronto como estoy establecida en mi escuela, tan pronto como hallo a la paz o la alegría, mi mundo se sacudió. Dios me parece decir “¿Estás contenta? Ok estoy haciendo algo incorrecto con ella.” Y después Él asegura que aguante más dificultades. Probablemente no, pero se lo ve pintada en mi vida a veces.

De todas maneras, allá estaba collectando los puntos de viajero frecuente, gotas derramando como un techo agujereado en una tormenta o el grifo de la cocina de Milagro, y en aquel momento viene El Porrero Principal. Olía como la hierba pero llevar un cigarillo de vapor. Él se sentó a mi diestra, en mi isla privada y empezó de tirarme piropos.  Como si no estara evitando todo el contacto humano. Como si no fuera de Filadelfia, porque en Filadelfia no hablamos con los desconocidos, especialmente en la transportación pública. Como los coqueteos de algún gringo drogado, que tiene unos veinte años, que fingía ser del gueto, mejorarían a mi humor y me harías sentir aliviada.

La asistente de vuelo finalmente llegó para salvarme. “Perdón, Señor, pero está confundido. Este asiento no es el tuyo.” Después, a mí me preguntó “¿Estás ok?”

“Sí, estoy bien,” le dije.

¡Que pije paja!

¡Trola de mierda!

¡Mentira del diablo!

No estaba bien de verdad, pero eso no le iba a decir. En Chicago tal vez uno sería más honesto ena esta situación. En Philly nadie quiere oírlo. Pues, a nadie le importan los problemas de los demás a pesar de las diferencias regionales o culturales. Por eso, le dije “estoy bien.” Depués seguí sollozando mientras que ella volviera a sus propios negiocios. Que jóven hormonal soy, lo sé.

No necesito decirte “no soy una llorona normalmente” y no necesito las razones que me causaron que llorara. No eres mi consejero (¡gracias a Dios!) y no quiero tu pena ni tu conmiseración. “Pobrecita Carlina, sola solita en la vida forajida.” No, gracias. Sólo te estoy recotando el reto del estudiante en el extranjero en caso de que tengas alguna curiosidad. Si no lo tienes, deja de leer por favor. Tu vives en “a free country” aunque yo estoy en Argentina. Y cuando te digo “free country,” significa libre, no gratis. Nada es gratis en los EEUU, salvo la asistencia social, vales de comida, y sueños no cumplidos.

Todo esto para simplemente decir “te extraño, Philly.” Te echo de menos. Me haces falta. Tus conductores impredecibles, tu falta de radar en los vehículos de la poli, tus pretzels, tu consideración extrema para el espacio personal de uno, tu estación de tren La Calle Trigésima, tu cancelación frenética de las escuelas por una pulgada de nieve, tu río Schuylkill, tu desesperación, tu silencio, tu Mercado Reading Terminal, tus letras AMOR en los parques municipales, tus escaleras que Rocky subió, tus relaciones rocosas, tu Príncipe de Rap, tu Desfile de Mummers, tu manía histórica, Billy y Ben (William Penn y Benjamin Franklin), y a veces aun tu escuela de Kobe Bryant a que fingía que yo perteneciera.

¿Lo que me hace más falta de todo? Mi gente. No puedo nombrar a todos, pero hay pocos que me han ayudado a sobrevivir que no puedo omitir. Primero, debo mencionar Lexi Condit y Brandon Kopp, las personas más chéveres que conozco que no me sobornaron para que te dijera esto. En realidad, debo a todo de Harriton YoungLife porque aprendí demasiado de cada uno. Lo próximo es Narberth Presbyterian Church (Iglesia Presbiteriana de Narberth), el primer lugar en que me sentí cómoda en toda Filadelfia (el crédito es de Dios completamente, del predicador parcialmente, y de la familia de la iglesia aun más por extenderme el bienvenidos.) Luego tenemos mi tía Glenna Fulks, que me da alegría cada vez que hablamos y que me regaló una tarjeta de fidelidad de Bloomingdales, el gran almacen, que me dio un gozo superficial que queda todavía. Claro, hay mi familia biológica y inmediata, los Green. Ken, Tassie, y Michael específicamente, que me han mantenido vivo por un rato sorprendentemente largo, que les amo mucho, y que jamás les reemplezaré, aunque tendré los Figueroa-Navarro para cuidarme muy pronto. Sería negligente si no mencionara mi mejor amigo, compinche, y chamuyero principal Jayson Serrano por cubrirme y por deletrear mi nombre incorrectamente a propósito. Los penúltimos son mi suegra Milagro, que me ha alimentado con muchas cenas ricas, y Byron el Padre, que mantiene la puerta de su casa abierta para mí. Adicionalmente les estoy agradecida por dar a luz a mis alborotadores favoritos, por el amor de Dios. Finalmente, más que todos te echo de menos, Byron Ramirez Rivas, el mejor jugador de fútbol de todo Harriton según Brandon, que me ignoraba todo el año pasado, que finalmente se rindió a mis coqueteos obvios el diciembre y que finalmente puedo llamarse “mi novio.” Te iba decir algo romántico aquí, pero mejor que no. Oh nada, olvídalo.

Ok, mi familia. Sólo hay que saber que les amo y me hacen una falta fatal. Especialmente tú, Chorizo. Sin embargo, estoy lista para mi aventura y no lamento nada. Cambio y corto.

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